miércoles, 13 de enero de 2016

Por una cuestión de honor y educación



La educación ciudadana hace ya mucho tiempo que se ha convertido en un protocolo, en una lista de cosas que se deben hacer y de cosas que no se deben hacer. El objetivo es el garantizar un mínimo de convivencia entre las personas.

Así desde pequeños nos enseñan que no se debe gritar por la calle ni poner la música a todo volumen, hay que tirar los papeles a la papelera o dejar salir antes de entrar. Cosas básicas que también es cierto que se van olvidando, aunque este sería otro tema.

Además, observo cómo en esa lista se incluyen nuevos términos que damos en llamar habilidades sociales con las que buscamos más el éxito personal que el bien común de la comunidad. Palabras como asertividad o empatía son parte esencial en ese saco de herramientas con las que nos aseguran el logro de nuestros objetivos individuales. 

Un poco más allá en ese protocolo está el devolver las cosas que nos encontramos y más cuando se trata de algo importante para la persona que lo ha perdido: documentos, documentación y por supuesto dinero. Se trata de ser educados y buena gente.

La historia es bien sencilla y breve. Mi amiga Ana pierde su cartera en un centro comercial de Madrid y no se da cuenta de ello hasta que al poco de llegar a su casa recibe una llamada. Un señor ha encontrado su cartera con toda la documentación, tarjetas múltiples y dinero. Ella comprueba que efectivamente no tiene su cartera y agradece a esta buena persona su comportamiento y llamada. Él la apremia para poder devolvérsela “pues te hará mucha falta” y está dispuesto a retrasar su reunión de trabajo para esperarla y entregarle la cartera. Ana se da cuenta que en realidad esta buena persona se estaba poniendo totalmente en su lugar, eso que damos en llamar empatía y que su actitud iba más allá de lo que cabe pedir en estas situaciones. 

Lo más sencillo hubiera sido entregar a la policía la cartera pero se molestó en localizar a la propietaria cuanto antes porque sabía el trastorno de perderla, investigó para averiguar el número de teléfono y se organizó para que recuperara lo antes posible toda la documentación. Cuando Ana conoce a su ángel de la guarda éste simplemente le explica que ha hecho lo que ha hecho por una simple “cuestión de honor y educación”. 

Sí, claro que hay gente buena y educada pero hay gente que va más allá y se toma tantas molestias por algo que ya ni se menciona: por honor. Lo sencillo entre la gente buena y educada hubiera sido entregar la cartera a la policía. Lo más seguro es que todo hubiera ido más lento y a Ana nadie le hubiera quitado la sofoquina y el lío de anular tarjeta por tarjeta al margen del sentimiento de inseguridad  que estas situaciones crean. 

Ana me contaba que lo sucedido además, ha servido para enseñar a sus hijos que hay gente no solo buena. Hay gente que actúa desde una cualidad moral que le lleva a superar lo que el protocolo recoge. Y es que hacer el bien “por cuestión de honor y educación” bien merece la pena. De paso repasaron entre todos el significado de la palabra honor que va más allá que el simple protocolo.

Laura Figueiredo

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